domingo, 29 de abril de 2018

De depresión y otros demonios.

Escribir, escribir para no morirse, para no ahogarse, escribir para resistir, para seguir, para no colapsar.
A veces mi mente se vuelve un sitio oscuro, la luz no logra adentrarse por más que lo intenta, por más que busco abrirle la puerta mi mente la rechaza y se queda en silencio, enmudece, tiembla. 
Cuando entro en ese estado ni el café más rico del mundo, ni los besos de quiénes me aman, ni sus abrazos, ni nada me hace salir, sólo estoy ahí, mirando como pasa la vida, sintiendo como mis ojos se llenan de lágrimas en cualquier momento. Entonces me descubro caminando en el lodo, con los zapatos sucios, con los pies cansados, con dudas y sin una sola respuesta.
Me descubro intentando sonreir, aferrándome a los trozos de realidad que se cuelan por mis ojos, sujetada por ese leve instinto de supervivencia que no me ha dejado morir aún cuando en el fondo lo deseaba demasiado.
Depresión y ansiedad suenan fuerte si los juntas, suenan a que después de años de que tus mecanismos de defensa, esos que menciona la psicóloga a cada rato, hicieron su trabajo, hoy, por fin, se quebraron y dejaron salir toda la porquería que llevabas dentro.
Suena a que soy un río que de pronto se salió de su cauce y ahora nadie puede controlar, suena a que soy una bomba a punto de explotar, suena a que voy a ser hiriente porque ya se me terminó el filtro, el buen comportamiento, la tolerancia. 
Sueno a algo enfermo que necesita sanar, y sí, hay que aceptarlo, hay que decir que la vida es pesada y muchas veces se requiere ayuda para enfrentarla; ésta puede venir en forma de antidepresivos, de mandalas de bolsillo, de libretas para escribir, plumones, colores, abrazos, tiempo, tolerancia o dinero para medicamentos que ya no puedes costear.
A veces me odio, en especial cuando soy agresiva con quienes me quieren, cuando respondo alterada, cuando quisiera gritarles a todos que se callen, cuando esta irritabilidad del demonio me hace llorar de coraje sin una sola razón y no querer que nadie me toque porque no soporto sentir.
Y a veces siento lástima, pena, cuando me doy cuenta del trabajo inmenso que me requiere levantarme de la cama, cuando la sensación de cansancio y ganas de dormir no se va y me hace parecer floja, torpe, lenta.
Me odio por ser así, por estar tan cansada, tan jodida.
Quizá en algún momento me recupere, quizá este intento funcione, quizá y sólo quizá es cuestión de tiempo.