viernes, 20 de marzo de 2020

Llevo días intentado entender el porqué de las cosas, alguien me aconsejó que no lo hiciera, que sólo dejara que todo pasara, llevo días extrañándola tanto y al mismo tiempo deseando sacarla de mi mente. Es horrible porque de las noches que llevo durmiendo sola ya perdí la cuenta de cuántas le he soñado y me caga, me caga que mis sueños sean tan reales que cuando despierto me doy cuenta que no está, que me toca seguir con la vida acompañada de todos los recuerdos que me dejó.
Deseo tanto no haber ido a verla, ya me había hecho a la idea de perderla y después hubo una esperanza que me hizo creer otra vez que me merecía la casa con libros, las perras, los estantes que me quedaban tan altos que pedía me acomodaran las cosas para poder alcanzarlos cuando estuviera allá. Ojalá no hubiera ido.
Ojalá, ojalá, ojalá...
Ella era la esperanza de que algo en mi vida seguía lleno de amor y me daba una razón para atarme al mundo. No es su responsabilidad, es la mía, la idealicé tanto y creí que aguantaríamos todo, mierda, hay días que no quiero despertar.
Sigo sin saber cómo dejar ir, extraño tanto.a las personas que se fueron de mi vida, recuerdo que esa noche entre vino y cervezas ella fue sincera y aunque se lo agradezco no estaba lista para escucharlo, no estaba lista para darme cuenta. Extraño tantas cosas, y no tengo fuerza o ganas de ver hacia adelante. Me siento tan sola.
Antes solía pensar que mi existencia en el mundo había tocado la vida de muchos y era buena, ahora pienso que todo lo que toco lo destruyo, que no soy capaz de cuidar de nada ni nadie, ni siquiera de mi misma...
Cada día qué pasa miro la posibilidad de tomarle la palabra a mi psiquiatra sobre internarme aunque sé que es un sitio del que no saldría y me da miedo pasar por eso. Estoy volviéndome loca, estoy llena de pensamientos que me asustan, siento que no hay razón.
Hay días que parece que tengo un plan, días en los que me levanto de la cama y soy funcional un rato, luego llega la noche y busco conversaciones con extraños, con amigas, busco pero parece que aún no encuentro nada, estoy rota.
Por momentos comienza la ansiedad y siento que en cualquier instante voy a morir, me falta el aire, quiero gritar, correr, pero no puedo; mi cabeza es mi peor enemiga.
¿Cuánto tiempo más voy a aguantar?
Desearía no ser tan cobarde, aún me detiene el miedo al dolor, el miedo a que cualquier otro método que no sea la sobredosis sea tan doloroso que mis últimos instantes sean así; sin embargo la desesperación que llega de pronto me hace considerar la idea de que aunque duela sería sólo un instante y después toda esta vida de mierda se terminaría.
Otra vez estoy a la orilla del precipicio y sólo quiero dar el paso.
Ya no quiero ser un estorbo ni una preocupación para las personas que me rodean, sólo quiero que todo esto termine, ya no quiero sentir.

miércoles, 18 de marzo de 2020

Ficciones.

Te encontré en un bar, quizá así funciona la vida, colocándonos en el sitio adecuado a la hora adecuada. Vestías un pantalón de mezclilla deslavado, playera azul, converse negros, estabas sentado tomando una cerveza extranjera cuyo nombre no recuerdo y al caso no importa, mirabas hacía el infinito, yo sólo me senté a tu lado. Dije “Buenas noches”, escuché tu voz responderme bajito con otro “Buenas noches”, pude mirar tu rostro, me gustaste aunque eso nunca pasa, no soy de las mujeres que se dedican a ver hombres en un bar, sin embargo esa noche no me ocupaba demasiado lo que hacía habitualmente. 
Justo en mi cabeza iba resonando la idea de que todo lo que había hecho de costumbre me había colocado en el punto hundido en el que estaba, así que por un par de horas quería permitirme hacer lo que nunca haría. Entré a ese sitio mientras caminaba por el centro de la ciudad buscando respuestas para mis mil dudas, alguna vez me dijeron que el alcohol te ayuda a olvidar o a pensar lo que en juicio no te permitirías, me dije “¿por qué no?” 
“Vienes solo?”, volteaste, sentí que tu mirada recorrió mi cuerpo, sonreíste, dijiste que sí. Perfecto, pensé. Comenzamos a hablar, trivialidades de gente que se conocer en una barra, supe tu nombre, tu trabajo, el nombre de tu perro, pediste otra cerveza y me invitaste una, tu cabello me gustó, era mas o menos largo, negro, un poco rizado.
Seguimos bebiendo, pude sentir el rubor que me provoca el alcohol comenzar a subir a mis mejillas, me miraste y preguntaste si me ponías nerviosa, solté una carcajada “A mí los hombres en un bar no me ponen nerviosa, me ponen alerta, ¿debería estarlo?” Dijiste que no, seguimos.
En un momento me contaste tu historia, no te ponía mucha atención pero entendí que tenías el corazón vacío igual que yo, que no habías cogido en seis meses, que te hacía falta compañía, entendí que serías perfecto para sacar el clavo si yo fuera más heterosexual y menos prejuiciosa, a ambos nos hacía falta sentir algo, lo que fuera.
Te propuse salir del bar, irnos a un sitio más tranquilo, siempre quise usar esa frase de comedia romántica, dijiste que sí, pediste la cuenta y pagaste todo, “Al menos la borrachera me salió gratis” pensé. Ya de pie pude ver que tan alto eras, quizá un metro setenta o poco menos, quisiste tomar mi mano como si nos conociéramos de tiempo, te dejé hacerlo, primero porque necesitaba que alguien me tocara y me recordara que existía, segundo porque intuí que lo hacías de manera automática, como una costumbre, no sabía con quién me estabas confundiendo pero tampoco me importaba.
Subimos a tu camioneta, el olor a lavanda me gustó, un auto limpio me hizo pensar que había elegido bien, de pronto mi mente se detuvo, se encendió la alerta de que estaba en el auto de un completo extraño, sola, de noche, pero mi intención de sentir adrenalina pudo más que mi miedo. Amablemente me preguntaste si tenía un sitio pensado para ir, “No, vamos a donde quieras”, encendiste el auto y comenzamos a movernos. Pensaba en mandarle mi ubicación a mi mejor amiga, pensaba en decirte que me había arrepentido, y luego pensé en el dolor que tenía atorado en el pecho, ese que me hacía preferir estar con un extraño que sola en casa y desistí de informarle a quién fuera.
Llegamos al motel, entramos, pagaste, subí a la habitación mientras terminabas de cerrar la cochera. Entré y me senté en la cama, miré los espejos en el techo y la pared, me pareció interesante el fetiche de las personas por verse coger; llegaste y te pusiste de pie a mi lado, me levanté para besarte, rápidamente me detuviste “Parecido al amor o sólo sexo?” Preguntaste como si hubieras entendido el por qué de que ambos estuviéramos ahí, “No lo sé, el amor lastima demasiado” respondí.
Me tomaste entre tus brazos, comenzaste a besarme, soltaste mi cabello y con cuidado me quitaste la sudadera, tu saliva era dulce, tus besos me gustaron tanto como para dejarme llevar. Por momentos me dediqué a sentirte, a mirarte, te quité la ropa, besé tu cuello, “¿Qué te gusta?” Decidí ir al grano en lugar de perder el tiempo explorándote, esto no era amor.
Ya desnudos me subiste en tus piernas, frente a ti pude ver lo lunares de tu rostro, sentí tu manos tocar mi espalda, me acomodaste y mordiste mi cuello, en un movimiento me recostaste en la cama, pediste que te esperara mientas te ponías un condón, te detuve, el punto era sentir todo. Aceptaste. Así te sentí dentro mío, en un inicio no sabía si me gustaba, si dolía, habían pasado años desde la última vez que me había acostado con un hombre, pero mi cabeza se detuvo, mi cuerpo se encorvo y entendí que después de días por fin estaba disfrutando de algo. No sé cuántas veces lo hicimos, terminaste, yo también. 
Acostados en la cama extendiste tu brazo, comprendí el mensaje y me acerqué, me abrazaste y preguntaste si estaba bien, sonreí, dije que sí. Nos quedamos así, abrazados un rato, por instantes escuchaba el latido de tu corazón, tocaba tus brazos, sentía tu pecho... Olvide quién era y quise ser quien tú quisieras, fingirte amor como lo necesitabas para sentirlo de regreso. “¿Quieres cenar?” “Claro”, me senté en la cama, te pasé tu ropa y comencé a vestirme, mi piel olía a tu perfume, fui al baño, me arreglé el cabello. 
Salimos del cuarto y subimos al auto, pusiste música, me dijiste que conocías el lugar perfecto para cenar, vi tus ojos con un vago brillo, sonreías. En el camino bromeaste diciendo que para no dormir con hombres lo había hecho bien, reí porque recordé que la mayoría de los hombres son demasiado básicos en el sexo y complacerlos no es tan difícil, pero no te lo dije. Cenamos en una taqueria, seguiste contándome sobre tu vida, tu familia, tus amigos; terminé, pregunté si podías llevarme a casa, dijiste que sí.
Seguías sonriendo, de pronto dijiste que no entendías cómo alguien podía haberme hecho daño, “No te creas toda mi versión, yo también puedo ser una mala persona” te respondí. Te di la dirección de una casa dos calles antes de la mía, no planeaba volver a verte y no quería que supieras donde vivía. Me llevaste.
Antes de bajar del auto me miraste, pediste mi número, ese sí te lo di correctamente, quizá podía arrepentirme después de no verte.
Me despedí con un beso en la mejilla y bajé del auto antes de que pudieras decir algo, aún así bajaste la ventana “El amor no duele, podría mostrarte”, reí y seguí caminando, “Tú no puedes mostrarme más de lo que ya hiciste esta noche” pensé. Entré al edificio y esperé a que te fueras, luego salí y caminé a casa.
Quizá vuelva a verte, quizá no, no es que me importes, a mi ya nada me interesa, pero tal vez vuelva a quedarme vacía de sensaciones y entonces te busque...

sábado, 14 de marzo de 2020

Descubrimiento.


Alguna vez pensé que haría un libro hablando de ella, nuestra historia daba para varios capítulos, mucho drama, aventuras, momentos únicos; siempre pensé que al final de esa saga existiría miel y flores y felicidad.
Lo siento, con ella seguía siendo la Fanny adolescente que soñaba con un cuento, la dulce, la que atesoraba cada encuentro y lo guardaba en su memoria y en su cuerpo, esa, la que sonreía nerviosa cada vez que se le mostraba desnuda...
Siempre pensé que llenaría páginas y páginas de mi amor bonito, de los obstáculos externos que pasamos pero también de aquellos que nosotras mismas nos pusimos, pensaba que un día podría leerlo a mis hijas y ellas entenderían que se puede amar con tanta pasión que se desborda y sólo las letras la contienen.
Hoy sólo sé que ese amor bonito, ese cuento y su final, existen sólo en mi imaginación. 
Y está bien, lo acepto.
Acepto que me equivoqué, acepto que perdí una y otra vez la oportunidad de escribir la historia y que, en el último intento, no sólo fue responsabilidad suya el fallo.
Quiza en otro momento yo pueda volver a soñar con la familia que deseo y el libro del amor bonito.
Hoy no, hoy estoy rota pero refugiada en el amor de mis amigas, las pocas que quedan y que han sabido entenderme, ellas que me sostienen y me demuestran que sí tengo una familia aunque no sea cómo yo lo había planteado por allá de mis quinces.
Esta semana perdí no sólo a quién consideraba mi pareja de toda la vida, también a una amiga que no supo/quizo entenderme y, aunque ambas pérdidas duelen, sé que debo comenzar a crecer sin ellas.
A las mujeres que están les gradezco infinito, Alba, Alma, Pecas, Carmen, Isa, Lau, Bris, mis amigas del colectivo Gatas viajeras y también el baboso de mi mejor amigo Jorge... Ustedes son mi apoyo cuando ni yo misma me soporto.
Hay días que quisiera dejar de existir (esta semana ha tenido muchos) pero luego me doy cuenta de lo maravilloso que es el momento cuando estoy jugando con un aro en el parque descubriendo trucos nuevos y aprendiendo a jugar futbol con una colectiva de morrad hermosas y mi amiga que no había visto en meses, o cuando veo a mi otra amiga pintar playeras con color magenta, o mí persona favorita riéndose con memes de gatitos y abrazándome mientras lloro por quinta vez.
Soy así, un desastre que sólo pocos saben apreciar, un manojo de nervios y ansiedad que se controlan horneando o planeando un curso. Soy esa que no deberías amar si no estás dispuesta a correr los riesgos.
En fin, no escribiré ese libro, hoy sólo se ha convertido en un capítulo y, por fin, terminó.

martes, 10 de marzo de 2020

Recordatorios para Fanny.

“Pero cada tanto vuelves, me llamas y sabes que jamás voy a decir que no...”

Si las personas fuéramos canciones hoy yo sería Vete de una vez de Daniela Spalla. Y no sé si lo sería porque deseo fervientemente que ella se vaya de mi vida o porque sé que en algún momento de la suya la cantó para mí, no lo sé. Estoy confundida, existen tantos sentimientos dentro de mí que no sé cómo organizarlos ni cómo sobrellevarlos, hoy volví a explotar, mis amigas no lo saben pero me han hecho tierra en medio de este caos.
Caos, mi mente es un caos.
Pienso que me he herido tanto que estoy en el punto de quiebre, otra vez estoy en el momento en que o voy arriba o me termino de morir... Morir es el pensamiento recurrente, ya perdí la cuenta del número de veces que a lo largo del día imaginé las maneras en las que podría quitarme la vida, primero pensé en las pastillas pero ya no tengo suficientes, luego pensé en cortarme las venas pero me da miedo el dolor y el tiempo que tardaría en morir, pensé en arrojarme por la ventana y sólo me detuvo que pelear a golpes con alguien era mejor. Durante unos segundos me perdí.

“No le guardo odio, lo tengo claro...”

Pinche Karen, ¿dime que chingados hago con este amor que se me quedó atorado en la garganta?


sábado, 29 de febrero de 2020

Cartas para Ana S/N


Ana:

Hoy he entendido que las cosas han pasado, el tiempo, los días, casi los meses. He entendido que estamos llenas de adiós y vacías de encuentros. Sabes? Escribir estas cartas tiene sentido para mí, me hace sentir bien, disminuye mi ansiedad, me ayuda a simular que puedo contarte mis recuerdos, las cosas que me pasan en el día, sin embargo entiendo que la persona a la que evoco en mis cartas puede no existir más y aunque duele es una consecuencia que debo asumir.
Pensé dejar de escribir, dejar de recordar, pero no quiero. Es posible que la Ana que existe en algún sitio de la CDMX no sea más la que me amó, pero aquí en mis letras ella aún está presente, aún la siento, aún puedo decirle que la amo sin temor a ser imprudente, aún hay esperanza.
Total, que para eso sirve la escritura: para recordar lo que fue, describir lo que es, imaginar lo que podría ser...

lunes, 24 de febrero de 2020

Cartas para Ana IV

Ana:

Escribirte sigue siendo mi terapia favorita, me hace los días más llevaderos, más tranquilos, en general se me reduce la ansiedad. Estaba pensando en ti y en cómo llegaste a mi vida, dice Milena Busquets que “Todos vemos cosas distintas, todos vemos siempre lo mismo, y lo que vemos nos define absolutamente. Y amamos instintivamente a los que ven lo mismo que nosotros, y les reconocemos al instante”; y creo que eso fue lo que me pasó contigo, te reconocí desde el momento en que conversamos por primera vez, aquella ocasión cuando me abordaste mediante un mensaje personal en Twitter dejándome bien en claro que querías algo más que mi amistad.
Fue un instante fugaz el que me dijo que éramos compatibles, me hablaste de música, me hablaste de tus gustos, de tu familia, de tus ganas de cambiar el mundo y luego, escuché tu voz.
Todo mundo sabe que tu voz es lo que más amo, me gustaría mucho recordar toda la primera conversación, sin embargo, sólo recuerdo que estaba sentada en la escalera de mi casa, ahí donde solía tener buena recepción y comencé a reír mucho cuando escuche tu voz nerviosa por no poder decir nada. Amé decirte que me gustaba tu voz de locutora de radio, tú reíste más, en ese momento no sabía cómo se veía tu carita al sonreír, hoy es un recuerdo que evoco muy seguido.
Ay carajo, cómo te extraño, cómo quisiera que estuvieras aquí para verte reír una vez más, para abrazarte y tocar tu rostro mientras miro tus ojos pequeños y siento tus manos alrededor de mi cuerpo.
En fin, ya empecé a pensar en cosas que no puedo tener, dice mi psicóloga que es mejor hablar de lo que tuve y planear desde lo real, ¿qué es real para mí? No lo sé, sólo sé que te extraño tanto que duele y ya no quiero que duelas porque el amor que siento por ti debe ser más grande que eso, mucho más grande.

domingo, 23 de febrero de 2020

Cartas para Ana III

Amada Ana:

Iba a comenzar esta carta con un "Mi muy amada Ana" pero me di cuenta que tú eres muy tuya y para nada mía, que suena mejor si te digo que te amo así, en libertad.
Extraño hablar contigo, sin embargo, estas cartas me ayudan, me hacen pensar y decir todo aquello que me gustaría compartirte y que ahora ya no puedo. 
Una amiga ha subido a facebook las fotografias de su compromiso con su novia, ¿sabes? Le ha pedido matrimonio en el castillo de Chapultepec, en el mirador. En cuanto las vi no pude evitar llorar, ¿lo recuerdas? Hace años nosotras estábamos ahí, fue cuando me diste un anillo tejido con una flor y me pediste casarnos; éramos muy jóvenes, muy tiernas e ilusas. 
Sin embargo, recuerdo que en ese momento, en ese espacio, cuando dije que sí lo hice con todas las ganas de mi alma y con todo el deseo de que fuera verdad.
El destino, la vida, las fuerzas cósmicas o simplemente una serie de malas decisiones son las que hoy dejan ese momento de nuestras vidas sólo en el recuerdo. Sé que no fue la única ocasión que me pediste matrimonio pero fue la más memorable porque me llevaste ahí, al sitio donde otra loca esperaba al amor de su vida cada día. 
En noches como esta me gana la ansiedad y te llamo, tal vez con la esperanza de que respondas, tal vez con la certeza de que no será así, igual lo hago, igual me palpita el corazón más rápido mientras el teléfono da tonos y luego, como dice la canción, me deja en buzón ¿será que con otra estás? 
Ay Ana, estás tan clavada en mi mente que le tuvieron que subir la dosis a mi medicamento para poder dormir y eso no es responsabilidad tuya, sólo lo cuento porque es parte de este proceso y quiero entenderlo, procesarlo, documentar la evolución o el retroceso.
Hoy te extraño, mañana quizá no.

viernes, 21 de febrero de 2020

Sobre mí y mis demonios.


Hace un año me explotó la cabeza, hace un año el conejo blanco me dejó varada en el país de las maravillas y la reina roja me encerró en una torre. En el encierro me di cuenta que no soy lo que creía, toda la travesía me hizo cambiar, o quizá sea que siempre fuí así y no lo quería ver; cómo sea, hoy entiendo que soy lo que muchos llamarían "una mala persona". 
Hasta hace poco creía conservar ciertas amistades que entedían los procesos de mi mente, de mi personalidad trastornada, hoy sé que no es así, que entenderme es difícil, complicado en sí mismo y que yo tampoco coopero demasiado. Pasé tantos años intentando cubrir las necesidades y afectos de quienes me rodeaban que ahora que literalmente mi interés por hacerlo es nulo el mundo es cachito más hostil.
En fin, que esto comienza a sonar como una disculpa o justificación por ser cómo soy y no, no voy a disculparme, no voy a hacerme chiquita, ni voy a correr a decirles que soy quien quieren que sea sólo para que me amen.
Me volé la cabezá hace un año por tonterías, esta ocasión no será igual, ya encontré la llave de mi celda, ahora puedo disfrutar del país que visito.

jueves, 20 de febrero de 2020

Cartas para Ana II

Cartas para Ana II
Hace casi ocho años conocí a una mujer maravillosa, ni ella ni yo sabíamos que al cruzarnos, ella con mis letras y yo con su fotografía, se iniciaría la historia más bella de mi vida. 
La recuerdo ese día de septiembre caminando hacia mí en la recepción de un hotel, estaba nerviosa, ansiosa, me sentía desequilibrada y entonces me sostuvo entre sus brazos tal y como lo haría muchas veces más.
Ana, Ana, su nombre resuena en mi cabeza, escucho su voz en los audios que aún guardo y las lágrimas se cuelan por mis ojos, porque es inminente, es obvio, que el corazón se me ha desarmado desde su despedida.
"Te amo, pero no quiero estar contigo" fueron sus últimas palabras mientras yo me quedaba con la última promesa que rompí y la absurda idea de que siempre habría un mañana.
Es interesante cómo yo más que nadie debía saber que la vida y los momentos son impredecibles, que un día está y al siguiente no, que la paciencia también es finita, que en esta vida todo pasa.
Di por hecho que habría otros abrazos, otras terminales, otros viajes, di por hecho tanto tiempo que no valoré los últimos 10 minutos en la cama de su cuarto, la última media hora extra que me dió el autobus que me dejó.
Fui tan absurda, tan boba.
Ahora sólo queda el recuerdo, sólo queda la voz que repito en mi teléfono porque es el único te amo que queda.
Quedan el recuerdo y le acompañan las lamentaciones.

Cartas para Ana

Escribir para ti nunca ha sido fácil, quizá porque eres mejor en esto que yo, quizá porque siempre me ha parecido que nada de lo que diga será suficiente para describir lo que siento.
Intentaré hacerlo, intentaré describirte.
“¡Qué lástima que el ardor alborotado se transforme en amor calmado! A mí lo que me gusta es el alboroto.” A mí también me gusta el alboroto, igual que a Isabel Allende me da lástima que un amor se apague, que se quede en cenizas, a mí me gusta el fuego, la sensación, el disparate.
Quizá me gusta porque yo también estoy loca y las locas sólo sabemos amar de una manera, sin medida, desenfrenadas, desprovistas de pena o sigilo. Te he amado como una loca, con el calor de mi corazón y el frío de mis lágrimas. Pienso en ti mientras escribo esto y te imagino a miles de kilómetros construyendo el sueño que en una cama de hotel me contaste alguna vez.
Tú te convertiste en mi compañera, a tu lado y en la distancia los momentos dolorosos de mi vida se hicieron soportables, siempre con tu mano sosteniendo firmemente la mía aún cuando mi mente desquiciada quisiera soltarte.
Y es que eso es lo más encantador de ti, la manera en que has logrado mirar a través de mis ojos y descubrir lo que te digo sin palabras.
Te he visto mirarme, no te das cuenta, pero tus ojos sobre mí me vuelven digna, amable, sútil; y aún así tus ojos me permiten ser todo lo volátil que quiera, todo lo impensable de mis ideas se vuelve realidad si voy de tu mano. Te he sentido acariciarme por las noches, me tocas como si fuera a romperme, es cierto, es cierto que soy tan frágil y tan vulnerable que me puedes hacer pedazos si lo deseas, pero has decidido amarme, acompañarme a enfrentar al mundo volviéndome más y más fuerte con cada paso.
Me escuchas, tus labios dibujan una sonrisa cuando mi voz de niña te cuenta las historias más increíbles, los sueños más extraños, tu voz me impulsa y me dice que no hay un límite, que podría conquistar ciudades enteras si me lo propusiera contigo como mi fiel aliada.
¿Lo imaginas, un país gobernado por nosotras? Yo ni de chiste lo pienso, me pongo realista y me conformo con un departamento ordenado, con 4 o 5 perros, dos hijos y miles miles de pinturas y libros que nos encante leernos la una a la otra durante las madrugadas que mi insomnio de escritora no me deje descansar.
Me escribes diciéndome que soy maravillosa y una ola de emociones se apodera de mí, me detengo un instante a pensar en lo afortunada que fui por coincidir contigo bajo el mismo cielo, con las mismas constelaciones de testigos, realmente tuve suerte de vivir en el mismo momento que tú.
Te amo, con la locura que los antidepresivos controlan pero que cuando se desencadena es capaz de hacer vibrar cada parte de mi cuerpo, te amo, con el coraje desenfrenado que me ha hecho levantarme del piso cada vez que he tropezado, te amo, con las letras que escribo cada que se me atoran en el pecho y necesito una hoja para dejarlas ser.
Te amo con la inspiración que me da una buena canción mientras converso contigo a lo lejos y te siento cerca, susurrándome lo bella que está la noche y lo mucho que me deseas.
Te amo y se siente tan bien decirlo, dejarme llevar por la sensación de saber que mi afectos están a salvo contigo.
Tú y yo podríamos conquistar el mundo si queremos, pero somos felices con el universo que creamos cuando conversamos toda una noche en los sillones color morado de tu casa, en la enorme cama qué hay en la mía o a través de un celular que nos acerca aunque no tengamos ni siquiera el mismo uso horario.
Quizá cuando sea anciana, si es que mi cuerpo me permite llegar a tan maravilloso suceso, contaré historias en la calle para vivir de ellas, y mi favorita será esa en la que hablo sobre el amor más bello de mi vida, tu nombre se repetirá tantas y tantas veces que quién la escuche también se enamorará de ti, y tu recuerdo será evocado por tantos que no morirás, serás eterna.
No puedo esperar a que leas esto, hoy después de un largo tiempo he querido escribirle al amor que sí siento, porque escribir de tristeza y dolor cualquiera puede, sobre todo yo. Para mí lo impensable es escribirle al amor, escribirte a ti.
Y es que escribir para ti nunca ha sido fácil... pero quiero hacerlo.