Hoy me he sentido tan triste y me he puesto a llorar mientras dibujaba el camino que solía tomar para llegar al sitio que yo solía llamar hogar.
Sabes, me he mudado tantas veces que de pronto tengo ya práctica y aún así cada cambio me duele.
En ese departamento tuvimos momentos increíbles, recuerdo que me encantaban sus grandes ventanas, la luz que lo iluminaba todo, y la vista impresionante del sol cuando se iba escondiendo al atardecer, vi tantos cielos rosas de algodón que me tenía fascinada.
Recuerdo mi baño, lleno siempre de cosas desordenadas, maquillaje, la secadora de cabello, y la bocina con la que escuchábamos música al bañarnos. ¿Recuerdas los pocos intentos que hicimos por bañarnos juntas? Fracasos absolutos he de decir, el espacio era pequeño para dos y nuestras preferencias en cuanto a temperatura del agua tampoco ayudaban, tú tibia y yo lo más caliente que la piel soportara.
Mi lugar favorito era la sala con sus sillones viejos pero cómodos, yo podía pasar horas y horas sentada ahí con nuestras perras, leyendo o viendo la TV, pero mi sitio predilecto era el piso, el rinconcito en donde me senté a comer desde siempre y que no volví a soltar.
Tuve tantos intentos de llamarlo casa, intentos de decoración, de buscar espacios para mí pero de una u otra manera muchas veces me sentí como una intrusa, como si cada centímetro de mi existencia en esa casa tuviera que ser ganado, conquistado.
Aún así la llamé hogar.
Alguien me dijo “Tu hogar, tu casa, es donde tú estés.” Y suena muy bonito, muy poético, muy práctico, pero mi cerebro aún no lo entiende porque para mí mi casa fue el lugar donde estuvieras tú.
En los últimos años dije innumerables veces que mi hogar sería donde tú estuvieras, donde tú fueras, tú eras mi casa, mi refugio.
Quizá ese fue mi error, darte todo ese peso, toda esa carga no solicitada, tú no podías ser mi hogar y aunque quise yo no pude ser el tuyo.
Estaba empezando a añorar demasiado el departamento y de pronto me vino el recuerdo, justo en el baño, ese último día que yo lloraba un poco por dolor y otro poco por miedo, ¿lo recuerdas? Saliste a recibir a Viri porque nuestra casa, o más bien dicho “tu departamento” se volvió el lugar seguro de tus amigas y eso estaba bien, lo que no lo estuvo fue que me dejaras llorar ahí y te pusieras a ver la televisión con ella ofreciéndole de cenar, conversando, riéndote.
Recuerdo nuestra cama, recuerdo mi reflejo en la pared mientras teníamos sexo, pero si lo pienso más son más constantes las veces que me recuerdo acurrucándome contra la pared esperando el momento en que dejara de llorar porque estaba durmiendo sola, o porque habíamos peleado, o quizá porque estabas tan estresada con el trabajo que ni siquiera habías tenido tiempo de hablar conmigo.
Me gustaba limpiar, ver el piso limpio, ponerle perfume a todo, pero con el tiempo nuestra casa fue más caos que limpieza, más desorden que amor. Supongo que solo fue el reflejo de lo que ya éramos por dentro. Tantas y tantas ocasiones intentamos “organizarnos” pero no lo logramos, siempre faltó fuerza de voluntad, o paciencia, quizá trabajo en equipo, no lo sé.
Y aún así te extraño, extraño a las perras, extraño despertar y tomar café contigo cuando se podía, dormir hasta tarde los domingos o despedirme con un beso de ti cada que salía a trabajar y esperar, esperar a verte cruzar la puerta por la noche y sentir que todo iba a estar bien porque mi familia ya estaba completa, reunida.
En este momento quisiera poder acurrucarme en tus brazos, pedirte que me des un beso, que me toques la espalda y me hagas dormir, no recuerdo la última vez que lo hiciste. No recuerdo la última vez que me dejaste subir mi pierna en la tuya y dormir abrazada a ti. No lo recuerdo.
Sufro, siento tristeza infinita, pero supongo que esta tristeza es proporcional al amor que te tuve, que aún te tengo, así que no voy a apresurarme, dejaré que duela y quizá después pueda continuar.