domingo, 18 de enero de 2026

Hogar.

Hoy me he sentido tan triste y me he puesto a llorar mientras dibujaba el camino que solía tomar para llegar al sitio que yo solía llamar hogar. 

Sabes, me he mudado tantas veces que de pronto tengo ya práctica y aún así cada cambio me duele. 

En ese departamento tuvimos momentos increíbles, recuerdo que me encantaban sus grandes ventanas, la luz que lo iluminaba todo, y la vista impresionante del sol cuando se iba escondiendo al atardecer, vi tantos cielos rosas de algodón que me tenía fascinada. 

Recuerdo mi baño, lleno siempre de cosas desordenadas, maquillaje, la secadora de cabello, y la bocina con la que escuchábamos música al bañarnos. ¿Recuerdas los pocos intentos que hicimos por bañarnos juntas? Fracasos absolutos he de decir, el espacio era pequeño para dos y nuestras preferencias en cuanto a temperatura del agua tampoco ayudaban, tú tibia y yo lo más caliente que la piel soportara. 

Mi lugar favorito era la sala con sus sillones viejos pero cómodos, yo podía pasar horas y horas sentada ahí con nuestras perras, leyendo o viendo la TV, pero mi sitio predilecto era el piso, el rinconcito en donde me senté a comer desde siempre y que no volví a soltar. 

Tuve tantos intentos de llamarlo casa, intentos de decoración, de buscar espacios para mí pero de una u otra manera muchas veces me sentí como una intrusa, como si cada centímetro de mi existencia en esa casa tuviera que ser ganado, conquistado. 

Aún así la llamé hogar. 

Alguien me dijo “Tu hogar, tu casa, es donde tú estés.” Y suena muy bonito, muy poético, muy práctico, pero mi cerebro aún no lo entiende porque para mí mi casa fue el lugar donde estuvieras tú.

En los últimos años dije innumerables veces que mi hogar sería donde tú estuvieras, donde tú fueras, tú eras mi casa, mi refugio.

Quizá ese fue mi error, darte todo ese peso, toda esa carga no solicitada, tú no podías ser mi hogar y aunque quise yo no pude ser el tuyo.

Estaba empezando a añorar demasiado el departamento y de pronto me vino el recuerdo, justo en el baño, ese último día que yo lloraba un poco por dolor y otro poco por miedo, ¿lo recuerdas? Saliste a recibir a Viri porque nuestra casa, o más bien dicho “tu departamento” se volvió el lugar seguro de tus amigas y eso estaba bien, lo que no lo estuvo fue que me dejaras llorar ahí y te pusieras a ver la televisión con ella ofreciéndole de cenar, conversando, riéndote. 

Recuerdo nuestra cama, recuerdo mi reflejo en la pared mientras teníamos sexo, pero si lo pienso más son más constantes las veces que me recuerdo acurrucándome contra la pared esperando el momento en que dejara de llorar porque estaba durmiendo sola, o porque habíamos peleado, o quizá porque estabas tan estresada con el trabajo que ni siquiera habías tenido tiempo de hablar conmigo. 

Me gustaba limpiar, ver el piso limpio, ponerle perfume a todo, pero con el tiempo nuestra casa fue más caos que limpieza, más desorden que amor. Supongo que solo fue el reflejo de lo que ya éramos por dentro. Tantas y tantas ocasiones intentamos “organizarnos” pero no lo logramos, siempre faltó fuerza de voluntad, o paciencia, quizá trabajo en equipo, no lo sé. 

Y aún así te extraño, extraño a las perras, extraño despertar y tomar café contigo cuando se podía, dormir hasta tarde los domingos o despedirme con un beso de ti cada que salía a trabajar y esperar, esperar a verte cruzar la puerta por la noche y sentir que todo iba a estar bien porque mi familia ya estaba completa, reunida. 

En este momento quisiera poder acurrucarme en tus brazos, pedirte que me des un beso, que me toques la espalda y me hagas dormir, no recuerdo la última vez que lo hiciste. No recuerdo la última vez que me dejaste subir mi pierna en la tuya y dormir abrazada a ti. No lo recuerdo. 

Sufro, siento tristeza infinita, pero supongo que esta tristeza es proporcional al amor que te tuve, que aún te tengo, así que no voy a apresurarme, dejaré que duela y quizá después pueda continuar. 



martes, 13 de enero de 2026

Música.

Me fuí.

El 24 de diciembre tomamos por fin la decisión de separarnos, te regalé tu libertad como el mejor detalle de navidad y me regalé a mí misma la paz que ya no sentía.

Durante muchos meses, semanas, días, creí que hacías las cosas sin darte cuenta, pero fue ese día cuando supe por fin que todo era real, lógico, pensado y decidí irme.

Quizá no recuerdes el último diálogo antes de que la avalancha cayera, te pedí escuchar música juntas, te negaste. La cabeza me explotó ¿qué hacía yo con alguien que no puede ni siquiera escuchar lo que me gusta? Te pregunté "¿Sabes lo que me estás diciendo?" y ahí, en esos segundos le diste el último golpe a lo que resistía de mi muro "Sí, sí sé".

Terminé de cocinar la sopa para la cena navideña en casa de tus padres, la guardé con cuidado en el refrigerador y decidí caminar sola. Me acerqué, te dije que necesitábamos hablar y al fin, después de 13 años, te solté.

Han pasado muchas cosas desde ese día, la mudanza, la adaptación, mi accidente, cada una debería llevar su propio texto, pero ese día fue todo.

Aún estoy enojada contigo, incluso una parte de mí, la menos lógica claro, quiere culparte por el hecho de que en este momento tengo un yeso en la pierna que me impide moverme y trabajar. El pensamiento es tipo: "Sí te hubieras esforzado más yo estaría en casa, no habría estado en el parque ese día, no me habría pasado..." No te preocupes, ya lo analicé, y ni yo soy adivina para saber cómo o cuándo me iba a accidentar, ni tu influencia en mi vida es tan grande para responsabilizarte por esto. Tú no eres dios.

Volviendo a ese día.

Dijiste: "No sé amarte cómo tú quieres, ya no puedo, estoy cansada de intentar..." He pasado varios días pensando en eso ¿cómo quiero que me amen? La verdad sí lo sé pero en este momento no me veo con alguien, no me imagino durmiendo con alguien o intentando conocer a otra persona, quizá porque todo está demasiado reciente o quizá porque no quiero, no me nace, no me dan ganas. 

Te recuerdo en la cama, llorando, tus palabras, tus ojos, recuerdo el dulce, liberador y al mismo tiempo sumamente destructivo momento en el que por fin dijiste "Ya no quiero estar contigo". Lo agradecí, una parte de mí llevaba meses pidiendo que lo dijeras, que me soltaras, y cuando por fin lo escuché todo estuvo claro: podía irme.

No es que no pudiera irme antes, no es que no lo quisiera, sólo que tenía la sensación de que mientras tú estuvieras dispuesta, yo también lo estaría, ¿Enfermo? Quizá ¿Me hace sentido? Por supuesto.

Al escucharte sentí que por fin podía cambiar de camino, ya había hecho todo, podía virar e irme en paz.

El día que me fui dijiste que querías pedirme que me quedara pero que sabías en unas semanas estaríamos igual, yo no quise decírtelo pero, sí me hubieras pedido quedarme, igual me hubiera ido. Y ahora te explico por qué.

La noche previa antes de marcharme estuve esperándote, tuve la idea de que si sabías que era la última noche que estaría en casa querrías estar conmigo, dormir juntas, quizá tener sexo, pero no, te fuiste con tus amigas, toda la mañana, la tarde, la noche, llegaste a las 4 de la mañana. No lo sabes, pero esa tarde pensé tanto en detenerme, en no guardar lo que faltaba, en quedarme una vez más, casi le cancelé a Daniela para que no fuera por mí, sin embargo conforme las horas pasaban y no volvías me di cuenta otra vez de que seguía aferrándome, tú te habías marchado de esta relación desde hacía tiempo, así que, en ese rato que en otro momento habría pasado llorando o triste esperando que volvieras, aceleré el paso y usé mi tristeza como motor para guardar todo lo que faltaba.

Me acosté a dormir casi 10 minutos antes de que llegaras, escuché cuando entraste, me hice la dormida y te evité, ya no tenía caso decirte que me habría encantado comer recalentado contigo ese día, que esperaba que nos despidiéramos bonito, porque sigo siendo la tonta que te ama o que quizá tenía la esperanza de no tener que dejarnos.

Al día siguiente estabas más enferma que antes, fiebre, tos, no podías ni hablar, te preparé sopa y mediqué, bromeé diciéndote que era el último día de cuidados de enfermería gratuitos; supe que tenía que irme cuando entendí que no puedo seguir cuidándote de ti misma. No si eso me mata en el camino. No si para cuidar de ti una parte de mí se pierde.

Te amo, claro que lo hago, te pienso un poco todos los días desde que me mudé pero ahora se siente diferente, puedo amarte demasiado y aún así saber que no es bueno tenerte cerca.

Empezar por el inicio.

Vine a vivir a CDMX en marzo del 2020, en el inicio de una pandemia que se llevó más de lo que nos dejó. Ari había sido violento conmigo una vez más y fue cuando, en un arranque de mínima dignidad, decidí abandonarlo. Recuerdo mucho cuando me acerqué a la puerta con Luna en los brazos, mi mochila al hombro y le dije “Tú ya no me amas más, ni yo a ti, solo nos estamos haciendo daño, si aún sientes algo, lo mínimo que sea, déjame ir.” Ari enfureció, me respondió “Sí te vas no regresas” y por fin me soltó. 
Salí corriendo del edificio. Una parte de mí esperaba incluso que saliera por mí, que me buscara, pero no lo hizo. Yo no sé si lo esperaba por miedo, por deseo o por trauma, sin embargo no ocurrió, Alba llegó por mí en el auto y me llevó a casa. 
Si recuerdo ese último diálogo “Sí aún sientes algo, déjame ir” pienso ¿será acaso que esta es mi manera de pedir lo mismo? Esta vez no ha habido golpes, ni gritos, pero sí la férrea decisión de que esto no termina hasta que alguien haya creído que ya ha sido suficiente o hasta que alguien tenga el valor de tomar sus cosas y correr.

Esa noche te escribí, te llamé y te pregunté si podía ir contigo. Siempre te vi como mi lugar seguro, la persona que me hacía sentir estable, amada, viva. Ahora, sí lo pienso más a fondo, tú, hasta ese momento, eras la idea del futuro, el sueño que se construyó a partir de promesas adolescentes en las que me dije a mí misma que habría alguien que me rescataría de todo. Porque así me educaron todas esas telenovelas y películas románticas, y todos esos libros que decían que si esperabas lo suficiente un príncipe te llevaba a su castillo salvándote de la bruja para que fueras feliz para siempre. 

Aceptaste y yo viajé, fue una travesía incoherente, no me arrepiento de lo que ocurrió la noche anterior con Alba y jamás lo haría; si bien pasaba por un momento de crisis no lo veo como algo malo, mi amistad con ella jamás se destrozó, por el contrario, con el pasar de los años se ha hecho más fuerte. Sin embargo, pienso que desde ahí estuvo mal, que no debí contártelo, que no debías saberlo, que quizá te sentiste triste o frustrada; claro que esto lo pensé muchos años después, en ese momento mi claridad llegaba solo al hecho de que tú debías saber todo de mí, porque mientras más transparente fuera, menos probabilidades había de que me reclamas algo “Sobre advertencia no hay engaño” dicen. 

Me recibiste en casa, me dijiste que Diana viviría con nosotras y otra vez todo comenzó mal. 

Si pienso en Diana inmediatamente pienso en otras personas, Brenda, Viri, Diego, Owen, en su momento Fanny, Wendy y obvio Ale. Todas esas personas que desde siempre han estado presentes en tu vida y que me han hecho sentir que ocupo un lugar secundario, soy el borrego número dos en la pastorela de tu vida. 

Pero si desde aquí comienzo este análisis no, no son ellos quienes me han hecho sentir así, eres tú. Ellos no son los que deliberadamente han decidido imponer sus necesidades sobre las mías, ni sus horarios, ni sus requerimientos. Eres tú, siempre has sido tú.

Con Diana recuerdo la frase “pídele permiso a ella para que te puedas quedar”, porque ahora ella iba a vivir contigo y de pronto fue un “con nosotras”. Obviamente acepté, porque mi cabeza hasta hace no mucho tiempo tuvo la idea fija de “Se lo debes, le debes demostrar que vas en serio, que quieres algo fijo, aguanta todo lo que ella te pida porque ya la has lastimado suficiente”, así como quien siente culpa por haber hecho todo lo que hizo y necesita ser redimida a través del castigo o la explotación; muy católico de mi parte, claro.

Pero ¿hasta dónde yo debía “demostrar” que era digna de ser amada?

He pensando muchas razones por las que decidiste aceptarme, no pienso decirlas porque la mayoría son bastante funables y quizá ni siquiera representen un poco la verdadera razón, esa solo tú la conoces. 

Quizá y uno de los argumentos más fuertes que pueden venir a la mente es “Si fuiste una culera con ella es justo y necesario que entiendas el porqué de que ahora sus amigos estén antes que tú, porque la defraudaste tantas veces que decidió anteponerlos a ellos”.

Y sí, yo te fallé, pero, ¿no era acaso más honesto sólo decir “ya no quiero estar contigo” que tenerme todos estos años intentado alcanzar un perdón imaginario? Y más aún ¿no crees que ha sido lo bastante cruel el saber que esas actitudes me hieren y aún así seguir haciéndolas con el único fin de decir “pues para que veas lo que se siente”?

Quizá no es así, quizá jamás fue así y ninguna de estas ideas pasó por tu cabeza; pero por la mía sí, más de una noche me he ido a la cama llorando pensando en ¿de verdad me merezco esto? ¿De verdad he sido tan perra maldita que no me queda de otra más que aguantar estar a la espera? 

Y la respuesta es NO, por supuesto que no. 

En fin. La historia con Diana no resultó bien, esa quizá debió ser la primera señal que debí ver, que preferiste esperar a que ella se mudara por voluntad propia a decirle que le bajara a su intensidad conmigo y el espacio que compartíamos; sí, entiendo tu evasión al conflicto pero justo ¿hasta donde estabas dispuesta a llegar? 

Entendí la noche que me quedé llorando en la sala después de una pelea, no fue la última vez que me dejaste así, llorando sola intentando decirle a mi cabeza que todo iba estar bien, que no estaba en peligro, que no era un lugar inseguro que solo habíamos tenido un mal momento ¿uno? Entendí que si un conflicto se gestaba entre nosotras ese iba a ser el modo de resolver, yo llorando en la sala y tú encerrada en tu habitación con los audífonos puestos ignorándolo todo, esperando a que se resolviera solo, a que yo dejara de llorar, a que la solución apareciera y nos cubriera a ambas. 

En esas primeras discusiones yo peleaba, vaya que peleaba. Gritaba, me enojaba, vomitaba del coraje, ahora solo intento hablar, aprieto mis manos y trato de respirar, todavía lloro, lloro demasiado. Ya no me gusta gritar, me desconcierta golpear o aventar cosas, no, mi psicóloga no estaría orgullosa de mí si hago eso pero ¿sabes? Cuando te contemplo ahí, callada, guardándote todo, entiendo que ya no somos iguales. Al menos quiero hablarlo, solucionar pero de ti no obtengo más que silencios. 

Quizá por eso quise hacer estas cartas, estos recuerdos. Porque el diálogo conmigo misma es el único que conozco desde hace meses. 

Cuando me mudé a vivir con Tina otra vez me di cuenta que la distancia me jodía y quería atención para llevar el vacío, mentalmente aún no estaba bien, no era estable pero necesitaba el dinero. Ahí busqué a Oscar, primero por curiosidad y luego por venganza, porque claro, yo quería vengarme del pendejo que me destrozó años atrás y lo hice, claro que sí, se sumó a la lista de personas que me tiene bloqueada en toda la red social que exista en el mundo y de eso no me arrepiento. Hubo daño colateral, tú me reclamaste y tenías razón, en teoría éramos pareja aún estando separadas y yo fallé mandándole mensajes a un pendejo. 

¿Era un comportamiento repetitivo? Claro que lo era, lo siguió siendo hasta hace dos años. Me siento sola, corro a buscar “cariño” “validación” “afecto”. No pasó sólo con Oscar, fue con Miguel, Ari, Itzel, Yoari, Edgar. Siempre el mismo patrón. De eso evidentemente no tienes ninguna responsabilidad tú, ahí andaba yo, intentando satisfacerme el hambre de reconocimiento con quien fuera. 

Lo puedo profundizar después, no quiero justificarme, me tomó mucho tiempo de terapia entender por qué hice las cosas, por qué me destruí tanto y tanto. Sé que te herí y estuvo mal y sé que fui lo bastante convincente para que decidieras quedarte conmigo pero ¿qué tanto de esa decisión tuya fue consciente y no un juego de tus propios traumas enlazados a los míos?