Salí corriendo del edificio. Una parte de mí esperaba incluso que saliera por mí, que me buscara, pero no lo hizo. Yo no sé si lo esperaba por miedo, por deseo o por trauma, sin embargo no ocurrió, Alba llegó por mí en el auto y me llevó a casa.
Si recuerdo ese último diálogo “Sí aún sientes algo, déjame ir” pienso ¿será acaso que esta es mi manera de pedir lo mismo? Esta vez no ha habido golpes, ni gritos, pero sí la férrea decisión de que esto no termina hasta que alguien haya creído que ya ha sido suficiente o hasta que alguien tenga el valor de tomar sus cosas y correr.
Esa noche te escribí, te llamé y te pregunté si podía ir contigo. Siempre te vi como mi lugar seguro, la persona que me hacía sentir estable, amada, viva. Ahora, sí lo pienso más a fondo, tú, hasta ese momento, eras la idea del futuro, el sueño que se construyó a partir de promesas adolescentes en las que me dije a mí misma que habría alguien que me rescataría de todo. Porque así me educaron todas esas telenovelas y películas románticas, y todos esos libros que decían que si esperabas lo suficiente un príncipe te llevaba a su castillo salvándote de la bruja para que fueras feliz para siempre.
Aceptaste y yo viajé, fue una travesía incoherente, no me arrepiento de lo que ocurrió la noche anterior con Alba y jamás lo haría; si bien pasaba por un momento de crisis no lo veo como algo malo, mi amistad con ella jamás se destrozó, por el contrario, con el pasar de los años se ha hecho más fuerte. Sin embargo, pienso que desde ahí estuvo mal, que no debí contártelo, que no debías saberlo, que quizá te sentiste triste o frustrada; claro que esto lo pensé muchos años después, en ese momento mi claridad llegaba solo al hecho de que tú debías saber todo de mí, porque mientras más transparente fuera, menos probabilidades había de que me reclamas algo “Sobre advertencia no hay engaño” dicen.
Me recibiste en casa, me dijiste que Diana viviría con nosotras y otra vez todo comenzó mal.
Si pienso en Diana inmediatamente pienso en otras personas, Brenda, Viri, Diego, Owen, en su momento Fanny, Wendy y obvio Ale. Todas esas personas que desde siempre han estado presentes en tu vida y que me han hecho sentir que ocupo un lugar secundario, soy el borrego número dos en la pastorela de tu vida.
Pero si desde aquí comienzo este análisis no, no son ellos quienes me han hecho sentir así, eres tú. Ellos no son los que deliberadamente han decidido imponer sus necesidades sobre las mías, ni sus horarios, ni sus requerimientos. Eres tú, siempre has sido tú.
Con Diana recuerdo la frase “pídele permiso a ella para que te puedas quedar”, porque ahora ella iba a vivir contigo y de pronto fue un “con nosotras”. Obviamente acepté, porque mi cabeza hasta hace no mucho tiempo tuvo la idea fija de “Se lo debes, le debes demostrar que vas en serio, que quieres algo fijo, aguanta todo lo que ella te pida porque ya la has lastimado suficiente”, así como quien siente culpa por haber hecho todo lo que hizo y necesita ser redimida a través del castigo o la explotación; muy católico de mi parte, claro.
Pero ¿hasta dónde yo debía “demostrar” que era digna de ser amada?
He pensando muchas razones por las que decidiste aceptarme, no pienso decirlas porque la mayoría son bastante funables y quizá ni siquiera representen un poco la verdadera razón, esa solo tú la conoces.
Quizá y uno de los argumentos más fuertes que pueden venir a la mente es “Si fuiste una culera con ella es justo y necesario que entiendas el porqué de que ahora sus amigos estén antes que tú, porque la defraudaste tantas veces que decidió anteponerlos a ellos”.
Y sí, yo te fallé, pero, ¿no era acaso más honesto sólo decir “ya no quiero estar contigo” que tenerme todos estos años intentado alcanzar un perdón imaginario? Y más aún ¿no crees que ha sido lo bastante cruel el saber que esas actitudes me hieren y aún así seguir haciéndolas con el único fin de decir “pues para que veas lo que se siente”?
Quizá no es así, quizá jamás fue así y ninguna de estas ideas pasó por tu cabeza; pero por la mía sí, más de una noche me he ido a la cama llorando pensando en ¿de verdad me merezco esto? ¿De verdad he sido tan perra maldita que no me queda de otra más que aguantar estar a la espera?
Y la respuesta es NO, por supuesto que no.
En fin. La historia con Diana no resultó bien, esa quizá debió ser la primera señal que debí ver, que preferiste esperar a que ella se mudara por voluntad propia a decirle que le bajara a su intensidad conmigo y el espacio que compartíamos; sí, entiendo tu evasión al conflicto pero justo ¿hasta donde estabas dispuesta a llegar?
Entendí la noche que me quedé llorando en la sala después de una pelea, no fue la última vez que me dejaste así, llorando sola intentando decirle a mi cabeza que todo iba estar bien, que no estaba en peligro, que no era un lugar inseguro que solo habíamos tenido un mal momento ¿uno? Entendí que si un conflicto se gestaba entre nosotras ese iba a ser el modo de resolver, yo llorando en la sala y tú encerrada en tu habitación con los audífonos puestos ignorándolo todo, esperando a que se resolviera solo, a que yo dejara de llorar, a que la solución apareciera y nos cubriera a ambas.
En esas primeras discusiones yo peleaba, vaya que peleaba. Gritaba, me enojaba, vomitaba del coraje, ahora solo intento hablar, aprieto mis manos y trato de respirar, todavía lloro, lloro demasiado. Ya no me gusta gritar, me desconcierta golpear o aventar cosas, no, mi psicóloga no estaría orgullosa de mí si hago eso pero ¿sabes? Cuando te contemplo ahí, callada, guardándote todo, entiendo que ya no somos iguales. Al menos quiero hablarlo, solucionar pero de ti no obtengo más que silencios.
Quizá por eso quise hacer estas cartas, estos recuerdos. Porque el diálogo conmigo misma es el único que conozco desde hace meses.
Cuando me mudé a vivir con Tina otra vez me di cuenta que la distancia me jodía y quería atención para llevar el vacío, mentalmente aún no estaba bien, no era estable pero necesitaba el dinero. Ahí busqué a Oscar, primero por curiosidad y luego por venganza, porque claro, yo quería vengarme del pendejo que me destrozó años atrás y lo hice, claro que sí, se sumó a la lista de personas que me tiene bloqueada en toda la red social que exista en el mundo y de eso no me arrepiento. Hubo daño colateral, tú me reclamaste y tenías razón, en teoría éramos pareja aún estando separadas y yo fallé mandándole mensajes a un pendejo.
¿Era un comportamiento repetitivo? Claro que lo era, lo siguió siendo hasta hace dos años. Me siento sola, corro a buscar “cariño” “validación” “afecto”. No pasó sólo con Oscar, fue con Miguel, Ari, Itzel, Yoari, Edgar. Siempre el mismo patrón. De eso evidentemente no tienes ninguna responsabilidad tú, ahí andaba yo, intentando satisfacerme el hambre de reconocimiento con quien fuera.
Lo puedo profundizar después, no quiero justificarme, me tomó mucho tiempo de terapia entender por qué hice las cosas, por qué me destruí tanto y tanto. Sé que te herí y estuvo mal y sé que fui lo bastante convincente para que decidieras quedarte conmigo pero ¿qué tanto de esa decisión tuya fue consciente y no un juego de tus propios traumas enlazados a los míos?
No hay comentarios:
Publicar un comentario