viernes, 20 de marzo de 2020

Llevo días intentado entender el porqué de las cosas, alguien me aconsejó que no lo hiciera, que sólo dejara que todo pasara, llevo días extrañándola tanto y al mismo tiempo deseando sacarla de mi mente. Es horrible porque de las noches que llevo durmiendo sola ya perdí la cuenta de cuántas le he soñado y me caga, me caga que mis sueños sean tan reales que cuando despierto me doy cuenta que no está, que me toca seguir con la vida acompañada de todos los recuerdos que me dejó.
Deseo tanto no haber ido a verla, ya me había hecho a la idea de perderla y después hubo una esperanza que me hizo creer otra vez que me merecía la casa con libros, las perras, los estantes que me quedaban tan altos que pedía me acomodaran las cosas para poder alcanzarlos cuando estuviera allá. Ojalá no hubiera ido.
Ojalá, ojalá, ojalá...
Ella era la esperanza de que algo en mi vida seguía lleno de amor y me daba una razón para atarme al mundo. No es su responsabilidad, es la mía, la idealicé tanto y creí que aguantaríamos todo, mierda, hay días que no quiero despertar.
Sigo sin saber cómo dejar ir, extraño tanto.a las personas que se fueron de mi vida, recuerdo que esa noche entre vino y cervezas ella fue sincera y aunque se lo agradezco no estaba lista para escucharlo, no estaba lista para darme cuenta. Extraño tantas cosas, y no tengo fuerza o ganas de ver hacia adelante. Me siento tan sola.
Antes solía pensar que mi existencia en el mundo había tocado la vida de muchos y era buena, ahora pienso que todo lo que toco lo destruyo, que no soy capaz de cuidar de nada ni nadie, ni siquiera de mi misma...
Cada día qué pasa miro la posibilidad de tomarle la palabra a mi psiquiatra sobre internarme aunque sé que es un sitio del que no saldría y me da miedo pasar por eso. Estoy volviéndome loca, estoy llena de pensamientos que me asustan, siento que no hay razón.
Hay días que parece que tengo un plan, días en los que me levanto de la cama y soy funcional un rato, luego llega la noche y busco conversaciones con extraños, con amigas, busco pero parece que aún no encuentro nada, estoy rota.
Por momentos comienza la ansiedad y siento que en cualquier instante voy a morir, me falta el aire, quiero gritar, correr, pero no puedo; mi cabeza es mi peor enemiga.
¿Cuánto tiempo más voy a aguantar?
Desearía no ser tan cobarde, aún me detiene el miedo al dolor, el miedo a que cualquier otro método que no sea la sobredosis sea tan doloroso que mis últimos instantes sean así; sin embargo la desesperación que llega de pronto me hace considerar la idea de que aunque duela sería sólo un instante y después toda esta vida de mierda se terminaría.
Otra vez estoy a la orilla del precipicio y sólo quiero dar el paso.
Ya no quiero ser un estorbo ni una preocupación para las personas que me rodean, sólo quiero que todo esto termine, ya no quiero sentir.

miércoles, 18 de marzo de 2020

Ficciones.

Te encontré en un bar, quizá así funciona la vida, colocándonos en el sitio adecuado a la hora adecuada. Vestías un pantalón de mezclilla deslavado, playera azul, converse negros, estabas sentado tomando una cerveza extranjera cuyo nombre no recuerdo y al caso no importa, mirabas hacía el infinito, yo sólo me senté a tu lado. Dije “Buenas noches”, escuché tu voz responderme bajito con otro “Buenas noches”, pude mirar tu rostro, me gustaste aunque eso nunca pasa, no soy de las mujeres que se dedican a ver hombres en un bar, sin embargo esa noche no me ocupaba demasiado lo que hacía habitualmente. 
Justo en mi cabeza iba resonando la idea de que todo lo que había hecho de costumbre me había colocado en el punto hundido en el que estaba, así que por un par de horas quería permitirme hacer lo que nunca haría. Entré a ese sitio mientras caminaba por el centro de la ciudad buscando respuestas para mis mil dudas, alguna vez me dijeron que el alcohol te ayuda a olvidar o a pensar lo que en juicio no te permitirías, me dije “¿por qué no?” 
“Vienes solo?”, volteaste, sentí que tu mirada recorrió mi cuerpo, sonreíste, dijiste que sí. Perfecto, pensé. Comenzamos a hablar, trivialidades de gente que se conocer en una barra, supe tu nombre, tu trabajo, el nombre de tu perro, pediste otra cerveza y me invitaste una, tu cabello me gustó, era mas o menos largo, negro, un poco rizado.
Seguimos bebiendo, pude sentir el rubor que me provoca el alcohol comenzar a subir a mis mejillas, me miraste y preguntaste si me ponías nerviosa, solté una carcajada “A mí los hombres en un bar no me ponen nerviosa, me ponen alerta, ¿debería estarlo?” Dijiste que no, seguimos.
En un momento me contaste tu historia, no te ponía mucha atención pero entendí que tenías el corazón vacío igual que yo, que no habías cogido en seis meses, que te hacía falta compañía, entendí que serías perfecto para sacar el clavo si yo fuera más heterosexual y menos prejuiciosa, a ambos nos hacía falta sentir algo, lo que fuera.
Te propuse salir del bar, irnos a un sitio más tranquilo, siempre quise usar esa frase de comedia romántica, dijiste que sí, pediste la cuenta y pagaste todo, “Al menos la borrachera me salió gratis” pensé. Ya de pie pude ver que tan alto eras, quizá un metro setenta o poco menos, quisiste tomar mi mano como si nos conociéramos de tiempo, te dejé hacerlo, primero porque necesitaba que alguien me tocara y me recordara que existía, segundo porque intuí que lo hacías de manera automática, como una costumbre, no sabía con quién me estabas confundiendo pero tampoco me importaba.
Subimos a tu camioneta, el olor a lavanda me gustó, un auto limpio me hizo pensar que había elegido bien, de pronto mi mente se detuvo, se encendió la alerta de que estaba en el auto de un completo extraño, sola, de noche, pero mi intención de sentir adrenalina pudo más que mi miedo. Amablemente me preguntaste si tenía un sitio pensado para ir, “No, vamos a donde quieras”, encendiste el auto y comenzamos a movernos. Pensaba en mandarle mi ubicación a mi mejor amiga, pensaba en decirte que me había arrepentido, y luego pensé en el dolor que tenía atorado en el pecho, ese que me hacía preferir estar con un extraño que sola en casa y desistí de informarle a quién fuera.
Llegamos al motel, entramos, pagaste, subí a la habitación mientras terminabas de cerrar la cochera. Entré y me senté en la cama, miré los espejos en el techo y la pared, me pareció interesante el fetiche de las personas por verse coger; llegaste y te pusiste de pie a mi lado, me levanté para besarte, rápidamente me detuviste “Parecido al amor o sólo sexo?” Preguntaste como si hubieras entendido el por qué de que ambos estuviéramos ahí, “No lo sé, el amor lastima demasiado” respondí.
Me tomaste entre tus brazos, comenzaste a besarme, soltaste mi cabello y con cuidado me quitaste la sudadera, tu saliva era dulce, tus besos me gustaron tanto como para dejarme llevar. Por momentos me dediqué a sentirte, a mirarte, te quité la ropa, besé tu cuello, “¿Qué te gusta?” Decidí ir al grano en lugar de perder el tiempo explorándote, esto no era amor.
Ya desnudos me subiste en tus piernas, frente a ti pude ver lo lunares de tu rostro, sentí tu manos tocar mi espalda, me acomodaste y mordiste mi cuello, en un movimiento me recostaste en la cama, pediste que te esperara mientas te ponías un condón, te detuve, el punto era sentir todo. Aceptaste. Así te sentí dentro mío, en un inicio no sabía si me gustaba, si dolía, habían pasado años desde la última vez que me había acostado con un hombre, pero mi cabeza se detuvo, mi cuerpo se encorvo y entendí que después de días por fin estaba disfrutando de algo. No sé cuántas veces lo hicimos, terminaste, yo también. 
Acostados en la cama extendiste tu brazo, comprendí el mensaje y me acerqué, me abrazaste y preguntaste si estaba bien, sonreí, dije que sí. Nos quedamos así, abrazados un rato, por instantes escuchaba el latido de tu corazón, tocaba tus brazos, sentía tu pecho... Olvide quién era y quise ser quien tú quisieras, fingirte amor como lo necesitabas para sentirlo de regreso. “¿Quieres cenar?” “Claro”, me senté en la cama, te pasé tu ropa y comencé a vestirme, mi piel olía a tu perfume, fui al baño, me arreglé el cabello. 
Salimos del cuarto y subimos al auto, pusiste música, me dijiste que conocías el lugar perfecto para cenar, vi tus ojos con un vago brillo, sonreías. En el camino bromeaste diciendo que para no dormir con hombres lo había hecho bien, reí porque recordé que la mayoría de los hombres son demasiado básicos en el sexo y complacerlos no es tan difícil, pero no te lo dije. Cenamos en una taqueria, seguiste contándome sobre tu vida, tu familia, tus amigos; terminé, pregunté si podías llevarme a casa, dijiste que sí.
Seguías sonriendo, de pronto dijiste que no entendías cómo alguien podía haberme hecho daño, “No te creas toda mi versión, yo también puedo ser una mala persona” te respondí. Te di la dirección de una casa dos calles antes de la mía, no planeaba volver a verte y no quería que supieras donde vivía. Me llevaste.
Antes de bajar del auto me miraste, pediste mi número, ese sí te lo di correctamente, quizá podía arrepentirme después de no verte.
Me despedí con un beso en la mejilla y bajé del auto antes de que pudieras decir algo, aún así bajaste la ventana “El amor no duele, podría mostrarte”, reí y seguí caminando, “Tú no puedes mostrarme más de lo que ya hiciste esta noche” pensé. Entré al edificio y esperé a que te fueras, luego salí y caminé a casa.
Quizá vuelva a verte, quizá no, no es que me importes, a mi ya nada me interesa, pero tal vez vuelva a quedarme vacía de sensaciones y entonces te busque...

sábado, 14 de marzo de 2020

Descubrimiento.


Alguna vez pensé que haría un libro hablando de ella, nuestra historia daba para varios capítulos, mucho drama, aventuras, momentos únicos; siempre pensé que al final de esa saga existiría miel y flores y felicidad.
Lo siento, con ella seguía siendo la Fanny adolescente que soñaba con un cuento, la dulce, la que atesoraba cada encuentro y lo guardaba en su memoria y en su cuerpo, esa, la que sonreía nerviosa cada vez que se le mostraba desnuda...
Siempre pensé que llenaría páginas y páginas de mi amor bonito, de los obstáculos externos que pasamos pero también de aquellos que nosotras mismas nos pusimos, pensaba que un día podría leerlo a mis hijas y ellas entenderían que se puede amar con tanta pasión que se desborda y sólo las letras la contienen.
Hoy sólo sé que ese amor bonito, ese cuento y su final, existen sólo en mi imaginación. 
Y está bien, lo acepto.
Acepto que me equivoqué, acepto que perdí una y otra vez la oportunidad de escribir la historia y que, en el último intento, no sólo fue responsabilidad suya el fallo.
Quiza en otro momento yo pueda volver a soñar con la familia que deseo y el libro del amor bonito.
Hoy no, hoy estoy rota pero refugiada en el amor de mis amigas, las pocas que quedan y que han sabido entenderme, ellas que me sostienen y me demuestran que sí tengo una familia aunque no sea cómo yo lo había planteado por allá de mis quinces.
Esta semana perdí no sólo a quién consideraba mi pareja de toda la vida, también a una amiga que no supo/quizo entenderme y, aunque ambas pérdidas duelen, sé que debo comenzar a crecer sin ellas.
A las mujeres que están les gradezco infinito, Alba, Alma, Pecas, Carmen, Isa, Lau, Bris, mis amigas del colectivo Gatas viajeras y también el baboso de mi mejor amigo Jorge... Ustedes son mi apoyo cuando ni yo misma me soporto.
Hay días que quisiera dejar de existir (esta semana ha tenido muchos) pero luego me doy cuenta de lo maravilloso que es el momento cuando estoy jugando con un aro en el parque descubriendo trucos nuevos y aprendiendo a jugar futbol con una colectiva de morrad hermosas y mi amiga que no había visto en meses, o cuando veo a mi otra amiga pintar playeras con color magenta, o mí persona favorita riéndose con memes de gatitos y abrazándome mientras lloro por quinta vez.
Soy así, un desastre que sólo pocos saben apreciar, un manojo de nervios y ansiedad que se controlan horneando o planeando un curso. Soy esa que no deberías amar si no estás dispuesta a correr los riesgos.
En fin, no escribiré ese libro, hoy sólo se ha convertido en un capítulo y, por fin, terminó.

martes, 10 de marzo de 2020

Recordatorios para Fanny.

“Pero cada tanto vuelves, me llamas y sabes que jamás voy a decir que no...”

Si las personas fuéramos canciones hoy yo sería Vete de una vez de Daniela Spalla. Y no sé si lo sería porque deseo fervientemente que ella se vaya de mi vida o porque sé que en algún momento de la suya la cantó para mí, no lo sé. Estoy confundida, existen tantos sentimientos dentro de mí que no sé cómo organizarlos ni cómo sobrellevarlos, hoy volví a explotar, mis amigas no lo saben pero me han hecho tierra en medio de este caos.
Caos, mi mente es un caos.
Pienso que me he herido tanto que estoy en el punto de quiebre, otra vez estoy en el momento en que o voy arriba o me termino de morir... Morir es el pensamiento recurrente, ya perdí la cuenta del número de veces que a lo largo del día imaginé las maneras en las que podría quitarme la vida, primero pensé en las pastillas pero ya no tengo suficientes, luego pensé en cortarme las venas pero me da miedo el dolor y el tiempo que tardaría en morir, pensé en arrojarme por la ventana y sólo me detuvo que pelear a golpes con alguien era mejor. Durante unos segundos me perdí.

“No le guardo odio, lo tengo claro...”

Pinche Karen, ¿dime que chingados hago con este amor que se me quedó atorado en la garganta?