miércoles, 18 de marzo de 2020

Ficciones.

Te encontré en un bar, quizá así funciona la vida, colocándonos en el sitio adecuado a la hora adecuada. Vestías un pantalón de mezclilla deslavado, playera azul, converse negros, estabas sentado tomando una cerveza extranjera cuyo nombre no recuerdo y al caso no importa, mirabas hacía el infinito, yo sólo me senté a tu lado. Dije “Buenas noches”, escuché tu voz responderme bajito con otro “Buenas noches”, pude mirar tu rostro, me gustaste aunque eso nunca pasa, no soy de las mujeres que se dedican a ver hombres en un bar, sin embargo esa noche no me ocupaba demasiado lo que hacía habitualmente. 
Justo en mi cabeza iba resonando la idea de que todo lo que había hecho de costumbre me había colocado en el punto hundido en el que estaba, así que por un par de horas quería permitirme hacer lo que nunca haría. Entré a ese sitio mientras caminaba por el centro de la ciudad buscando respuestas para mis mil dudas, alguna vez me dijeron que el alcohol te ayuda a olvidar o a pensar lo que en juicio no te permitirías, me dije “¿por qué no?” 
“Vienes solo?”, volteaste, sentí que tu mirada recorrió mi cuerpo, sonreíste, dijiste que sí. Perfecto, pensé. Comenzamos a hablar, trivialidades de gente que se conocer en una barra, supe tu nombre, tu trabajo, el nombre de tu perro, pediste otra cerveza y me invitaste una, tu cabello me gustó, era mas o menos largo, negro, un poco rizado.
Seguimos bebiendo, pude sentir el rubor que me provoca el alcohol comenzar a subir a mis mejillas, me miraste y preguntaste si me ponías nerviosa, solté una carcajada “A mí los hombres en un bar no me ponen nerviosa, me ponen alerta, ¿debería estarlo?” Dijiste que no, seguimos.
En un momento me contaste tu historia, no te ponía mucha atención pero entendí que tenías el corazón vacío igual que yo, que no habías cogido en seis meses, que te hacía falta compañía, entendí que serías perfecto para sacar el clavo si yo fuera más heterosexual y menos prejuiciosa, a ambos nos hacía falta sentir algo, lo que fuera.
Te propuse salir del bar, irnos a un sitio más tranquilo, siempre quise usar esa frase de comedia romántica, dijiste que sí, pediste la cuenta y pagaste todo, “Al menos la borrachera me salió gratis” pensé. Ya de pie pude ver que tan alto eras, quizá un metro setenta o poco menos, quisiste tomar mi mano como si nos conociéramos de tiempo, te dejé hacerlo, primero porque necesitaba que alguien me tocara y me recordara que existía, segundo porque intuí que lo hacías de manera automática, como una costumbre, no sabía con quién me estabas confundiendo pero tampoco me importaba.
Subimos a tu camioneta, el olor a lavanda me gustó, un auto limpio me hizo pensar que había elegido bien, de pronto mi mente se detuvo, se encendió la alerta de que estaba en el auto de un completo extraño, sola, de noche, pero mi intención de sentir adrenalina pudo más que mi miedo. Amablemente me preguntaste si tenía un sitio pensado para ir, “No, vamos a donde quieras”, encendiste el auto y comenzamos a movernos. Pensaba en mandarle mi ubicación a mi mejor amiga, pensaba en decirte que me había arrepentido, y luego pensé en el dolor que tenía atorado en el pecho, ese que me hacía preferir estar con un extraño que sola en casa y desistí de informarle a quién fuera.
Llegamos al motel, entramos, pagaste, subí a la habitación mientras terminabas de cerrar la cochera. Entré y me senté en la cama, miré los espejos en el techo y la pared, me pareció interesante el fetiche de las personas por verse coger; llegaste y te pusiste de pie a mi lado, me levanté para besarte, rápidamente me detuviste “Parecido al amor o sólo sexo?” Preguntaste como si hubieras entendido el por qué de que ambos estuviéramos ahí, “No lo sé, el amor lastima demasiado” respondí.
Me tomaste entre tus brazos, comenzaste a besarme, soltaste mi cabello y con cuidado me quitaste la sudadera, tu saliva era dulce, tus besos me gustaron tanto como para dejarme llevar. Por momentos me dediqué a sentirte, a mirarte, te quité la ropa, besé tu cuello, “¿Qué te gusta?” Decidí ir al grano en lugar de perder el tiempo explorándote, esto no era amor.
Ya desnudos me subiste en tus piernas, frente a ti pude ver lo lunares de tu rostro, sentí tu manos tocar mi espalda, me acomodaste y mordiste mi cuello, en un movimiento me recostaste en la cama, pediste que te esperara mientas te ponías un condón, te detuve, el punto era sentir todo. Aceptaste. Así te sentí dentro mío, en un inicio no sabía si me gustaba, si dolía, habían pasado años desde la última vez que me había acostado con un hombre, pero mi cabeza se detuvo, mi cuerpo se encorvo y entendí que después de días por fin estaba disfrutando de algo. No sé cuántas veces lo hicimos, terminaste, yo también. 
Acostados en la cama extendiste tu brazo, comprendí el mensaje y me acerqué, me abrazaste y preguntaste si estaba bien, sonreí, dije que sí. Nos quedamos así, abrazados un rato, por instantes escuchaba el latido de tu corazón, tocaba tus brazos, sentía tu pecho... Olvide quién era y quise ser quien tú quisieras, fingirte amor como lo necesitabas para sentirlo de regreso. “¿Quieres cenar?” “Claro”, me senté en la cama, te pasé tu ropa y comencé a vestirme, mi piel olía a tu perfume, fui al baño, me arreglé el cabello. 
Salimos del cuarto y subimos al auto, pusiste música, me dijiste que conocías el lugar perfecto para cenar, vi tus ojos con un vago brillo, sonreías. En el camino bromeaste diciendo que para no dormir con hombres lo había hecho bien, reí porque recordé que la mayoría de los hombres son demasiado básicos en el sexo y complacerlos no es tan difícil, pero no te lo dije. Cenamos en una taqueria, seguiste contándome sobre tu vida, tu familia, tus amigos; terminé, pregunté si podías llevarme a casa, dijiste que sí.
Seguías sonriendo, de pronto dijiste que no entendías cómo alguien podía haberme hecho daño, “No te creas toda mi versión, yo también puedo ser una mala persona” te respondí. Te di la dirección de una casa dos calles antes de la mía, no planeaba volver a verte y no quería que supieras donde vivía. Me llevaste.
Antes de bajar del auto me miraste, pediste mi número, ese sí te lo di correctamente, quizá podía arrepentirme después de no verte.
Me despedí con un beso en la mejilla y bajé del auto antes de que pudieras decir algo, aún así bajaste la ventana “El amor no duele, podría mostrarte”, reí y seguí caminando, “Tú no puedes mostrarme más de lo que ya hiciste esta noche” pensé. Entré al edificio y esperé a que te fueras, luego salí y caminé a casa.
Quizá vuelva a verte, quizá no, no es que me importes, a mi ya nada me interesa, pero tal vez vuelva a quedarme vacía de sensaciones y entonces te busque...

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