Me aferro a la vida, a sus matices, a su impermanencia.
Me sostengo en ella, le brindo confianza ciega a su movimiento, a su tiempo, a la dulzura de sus amaneceres.
Me siento tan alta, tan lejana, caigo en picada y vuelvo a subir. Soy como una ave recién nacida que vuela hasta que cae del nido.
Si avanzo lo suficiente, si me hago una con el viento, quizá sobreviva el vuelo, las tempestades, los lugares que no conozco.
Me aferro a la vida porque se lo merece, porque al caer en la eterna muerte no hay nada y quiero beberla toda, saborearla y morir satisfecha.
De tantas cosas que amé, la comida que probé, lugares que visité, personas que me complementaron y luego se fueron o que continuaron conmigo en este andar.
Uso toda mi fuerza, mi ternura, el mundo necesita resistencia, no es velocidad, es disfrute.
Que este transitar por el dolor me sea leve, seguro y pacífico para retomar el vuelo y volver a comenzar.
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